martes, 22 de mayo de 2012

Pobreza

He escuchado en la televisión que cada vez hay en España más niños pobres. Es una pena que haya niños pobres, la pobreza es una lacra social y cuando afecta a los niños es algo lamentable contra lo que todos debemos luchar. Pero lo que me ha dejado completamente estupefacta es la valoración que se hace de la pobreza: los niños se consideran pobres porque no pueden ir de vacaciones, no pueden tener lo que otros niños tienen o satisfacer sus caprichos. Según dicen sus padres, comparar sus propias vidas con las de sus compañeros los coloca en situación de inferioridad, les crea ansiedad, depresión y sensación de marginalidad. Yo crecí en una familia de clase media alta, sin embargo mis padres no me concedían ningún capricho, esa palabra no existía en mi vocabulario. Nunca me llevaron de vacaciones. Cuando viajaban, lo hacían solos. Nuestras vacaciones consistían en ir al pueblo de mis abuelos, donde pasábamos las mañanas entretenidos en una pequeña escuela de verano repasando el curso pasado y preparando el siguiente. Las tardes jugando a la pita o saltando la comba con los otros niños. Durante el curso escolar, tampoco me enteraba de cuales eran las “cosas” que tenían mis compañeras. Todas llevábamos uniforme, así que no conocía sus vestidos de fiesta, no teníamos móviles ni maquinitas, los juguetes no estaban permitidos en clase, no había ordenador y la programación televisiva era de lo más limitada. Comía lo que me ponían en la mesa, algunas veces con verdadero disgusto, pero sin rechistar. Josefa, la cocinera, no admitía réplica en lo relacionado con sus guisos, además de no poder dejar nada en el plato; taladraban mi consciencia diciéndome que había que pensar en los millones de niños pobres que no tenían nada para comer y dar gracias por lo recibido. Para merendar me daban un bocadillo, sin consultarme lo que debían poner dentro; yo no protestaba, porque sabía que la señora Josefa había entrado al servicio de mis abuelos el día que nació mi padre y eso legitimaba su autoridad, otorgándole el derecho de hacer con nosotros lo que le viniera en gana. Jamás me dieron explicación alguna sobre compras, ventas, negocios o cualquier otra actividad de los adultos, ni se me hubiera permitido opinar al respecto. No conocí a Papa Noel y la carta a los Reyes Magos la escribía con ilusión, sabiendo que no se podía pedir demasiados regalos ya que, según me explicaban los mayores, había muchos niños y no podían cargar con más de tres cosas para cada uno, pues no era cuestión de fatigar a los pobres camellos. El día de mi primera comunión estrené un precioso vestido de muselina blanca, bastante similar al de las otras niñas; me hizo sentir como una princesa, pues ser la menor de varias hermanas me convertía en heredera universal de toda la ropa que se les quedaba pequeña y -salvo la ropa interior, los zapatos y el día de mi cumpleaños- no estrenaba mucho. Como entonces se comulgaba en ayunas, después de la ceremonia, todas juntas disfrutamos de un delicioso desayuno con chocolate, organizado por las madres en el patio del colegio. Recibí de regalo una pulsera que aún conservo y un pequeño librito de misa con las tapas de nácar y mis iniciales grabadas. Yo pensaba que estaban grabadas en oro, pero ahora lo dudo. Al comparar mi infancia con la de esos niños que hoy se consideran pobres, la mía fue paupérrima...eso si, sin duda alguna feliz ya que no me sentí marginal por no tener las mismas cosas de otras personas, los juguetes de otros niños no me causaron ansiedad ni depresión, me enseñaron a conformarme con los míos y a cuidarlos, aprendí que nada se consigue sin esfuerzo y la austeridad que me inculcaron me ha servido para salir a flote en situaciones difíciles.

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